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Pros y contras del nombre propio como marca

Hace muchos años, una publicidad en Argentina afirmaba que “un buen nombre es lo más valioso que se puede tener”. En el mundo emprendedor, es común encontrarse con empresas, productos o servicios que llevan como marca el nombre propio del fundador o creador. ¿Es recomendable esta práctica? ¿Qué ventajas otorga? Y, en contrapartida, ¿cuáles son las desventajas?

Es una tentación irresistible: generamos un negocio nuevo, comenzamos a desarrollar una profesión independiente o dimos en la tecla con un servicio innovador para prestar; y, entre la incertidumbre, los apuros, los nuevos asesores y, por supuesto, el orgullo personal, al momento de elegir la marca que nos va a representar… simplemente usamos nuestro nombre. “Manuel Gómez, arquitecto”, “Macarena Jones, catering y eventos”, “Roberto Rodríguez, instalación de aires acondicionados”: podemos encontrar ejemplos en cada esquina y en cada rubro, pero mucho más en el ámbito de los servicios.

La principal ventaja de que el nombre propio del emprendedor sea a la vez su marca es que genera un reconocimiento instantáneo, especialmente entre amigos, allegados, conocidos, colegas (aunque, atención aquí, también entre  competidores). Así, es posible lograr, al menos en este ámbito más reducido, un posicionamiento rápido; fundamentalmente si el empresario cuenta con experiencia previa en el campo al que se dedica. Si además suma una gestión adecuada del negocio y un interés por trabajar de manera cuidada la identidad institucional y el branding, puede llegar a convertirse en referente indiscutido de su campo, en un plazo corto o mediano.

Pero esta práctica conlleva algunas dificultades:

  • Si el nombre o su pronunciación son complejos, puede generar una dificultad en la recordación.
  • En el caso opuesto, si el nombre es muy común o si existen homónimos, pueden presentarse confusiones en el público.
  • Los nombres largos son  difíciles de reproducir o aplicar en soportes pequeños. La visibilidad de la marca puede verse disminuida.
  • A medida que se avanza en el posicionamiento del negocio, desaparece la frontera entre la vida profesional y la personal. Pasa a ser “todo lo mismo”, cuando en realidad son ámbitos que deberían mantenerse (entiéndase: vivirse) por separado.
  • Así como las cualidades positivas del emprendedor se asocian enseguida al emprendimiento, también lo hacen las negativas. Entonces, si pasa “algo malo” en el ámbito personal, esto podría reflejarse en el negocio. Y viceversa.
  • Si el emprendimiento crece, aparecen oportunidades para incorporar socios o colaboradores. Y en este caso, el nombre propio pasaría a ser el del equipo. Esto podría crear algunos equívocos, incluso a nivel interno: ¿de quién es el negocio? ¿qué rol ocupa cada uno? ¿quién es responsable de los éxitos… y de los errores?
  • ¿Y si después de un tiempo el emprendedor decidiera vender su negocio? ¿Debería ceder su nombre?

¿Cuál es nuestra sugerencia?

Para evitar consecuencias indeseadas en la imagen institucional, es recomendable pensar en una marca nueva, diferente, para el emprendimiento. Separar de manera clara la identidad del negocio de la propia.

Resulta profesional en términos de comunicación contar con un nombre y un símbolo que representen los mejores atributos del emprendedor, de manera que éstos pasen a ser propios del negocio, pero sin afectar la vida privada de su creador. Y esto puede lograrse con el asesoramiento profesional adecuado.

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Branding para emprendedores

En algún momento, todos los emprendedores nos preguntamos qué podemos hacer para crecer con nuestro negocio. Es natural: sabemos hacer algo, sabemos que ese algo puede ayudar o servir a otros, lo probamos, ¡funciona! El siguiente paso probablemente sea ingresar al mundo del marketing… este universo de conceptos, herramientas, prácticas, de las más variadas formas y colores… y la mitad de ellos ¡están en inglés! Suenan inalcanzables…

Es hora de perder el miedo. Y coraje es algo que a los emprendedores no nos falta. Por suerte, son muchas las personas en el mundo que han sabido apropiarse de esos conceptos y reformularlos de manera que sean totalmente aplicables para quienes (aún) somos pequeños.

Por ejemplo, hablemos sobre branding. Es uno de los términos más difundidos hoy (por ejemplo, desde las plataformas publicitarias de Google se proponen “campañas de branding” como alternativas de pautado) y los especialistas en el tema coinciden en que no siempre se comprende el alcance real de su significado.

Branding proviene de “brand”, inglés para “marca”. De allí que brand-ing se entienda como la gestión integral de los múltiples y diversos aspectos que componen la marca de una empresa o de un producto: el nombre, su historia, su identidad profunda, la identidad gráfica, la reputación, lo que nuestros colaboradores comentan, la suma de experiencias de los usuarios. En definitiva, todas las variables que generan en la mente de nuestros públicos la idea de quiénes somos, qué hacemos y cómo lo hacemos. Los atributos diferenciales que motivan a una persona a elegir nuestra marca por sobre las competidoras, a pagar el precio que nosotros establezcamos, a recomendarnos, a convertirse en nuestros voceros y aliados. (O, en el sentido más negativo, a rechazarnos sistemáticamente y fomentar ese rechazo a nivel social.)

Esta suma de atributos no debe ser librada al azar. Si queremos crecer con nuestros emprendimientos, no basta con tener un buen producto o brindar un buen servicio. Es necesario poner en marcha mecanismos de gestión concretos, planificados, que potencien nuestra marca a través de una experiencia definitivamente positiva del usuario.

De alguna manera, todas las organizaciones -gigantes, grandes, medianas, pequeñas o micro- hacen branding, desde el momento en que a través de sus productos o servicios generan una imagen de marca en la mente de un receptor. Sólo que muchas no lo saben, o no lo hacen de manera consciente. Entonces, ¿no sería mejor tomar conciencia?

Por eso, a partir de hoy, hablemos y trabajemos sobre branding. Entender el concepto es el punto de partida para fortalecer nuestras marcas. Es posible alcanzar una gestión profesional de branding sin incurrir en costos exagerados, solo apuntando los esfuerzos que ya hacemos en la dirección correcta, a través de un plan cuidado y una gestión ordenada. Los beneficios, sin dudas, no tardarán en sorprendernos.